21 de diciembre de 2010

Lutefisk


El día de hoy les contaré de un platillo muy famoso en Escandinavia. Se trata de una comida tradicional que está llena de controversia. Se han escrito chistes en honor a lo desagradable que puede ser, y sus defensores lo siguen preparando para quienes gustan de un sabor muy particular.

En efecto, me refiero al que en Noruega se llama lutefisk. En Suecia le dicen lutfisk y en Finlandia lipeäkala, pero se trata del mismo pescado, normalmente bacalao, que ha sido preparado de una forma muy peculiar. Lo que origina texturas y sabores muy diferentes a lo que se ha está acostumbrado.

¿Pero qué tiene de especial el lutefisk?
Tal vez la traducción puede darles una pista, lute significa sosa y fisk significa pescado. Juntos, pescado a la sosa.

¿Sosa? ¿De esa que las abuelitas usaban para limpiar la estufa?
¡Ándale! Esa misma sosa.

¡No! ¿En serio?
Sí, en serio.

Pero, ¿a quién se le ocurrió semejante cosa?
A los vikingos, aunque se sospecha que el creador de la receta fue asesinado después de servirlo por primera vez, la evidencia prueba que al menos el/la responsable era de la región.

Lo que yo me imagino que pasó, fue mas o menos así:

Thor hijo Lars era un cocinero, quien tenía a su cargo la única posada de la isla. El invierno había llegado pronto este año, y el negocio no iba nada bien. Este invierno era singularmente helado, y los pocos visitantes eran recibidos por sus propias familias. Lo único que animaba a Thor Larsson, es que pronto prepararía el banquete para la familia Normann, quienes aparte de ricos, tenían la costumbre de invitar a las familias mas prominentes de Slibrigøya el último sábado de noviembre.

Faltaba una semana entera para el feliz banquete, y Thor ya había limpiado la cocina entera, sacudido las sillas y las mesas, y hasta desempacado el bacalao para navidad. Nadie visitaba su pequeña posada, la ventisca que inició el día anterior había continuado hasta hoy, así es que las esperanzas de Thor de recibir clientes, estaban agotadas.

Thor suspiró y se preparó una bebida caliente llamada gløgg, se le ocurrió que sería prudente agregar aguardiente. Al fin y al cabo, no había clientes para justificar su sobriedad. Así bebiera la posada entera, nadie se daría cuenta de su felicidad. Su nariz se puso roja, con la misma velocidad que el aguardiente se vaciaba.

Le tomó unos 35 minutos vaciar la primera botella, por algo era el dueño de la posada, para preparar su propio aguardiente sin que nadie lo molestara. Tenía un arsenal que podría embriagar a la isla entera, si la emergencia se prestara. Pues esta era una emergencia, si no bebía más moriría de aburrimiento, así es que fue a la bodega y llenó varios recipientes.

La felicidad de Thor era evidente: cantó y bailó por tres días enteros. Por las noches dormitaba un rato, pero nunca dejó que el hambre o el sueño lo apartaran de la bebida. Al amanecer del cuarto día, al fin le dio hambre, y decidió prepararse algo, porque bien sabido es que beber sin comer mata a más hombres que el frío. Pero cuando bajó al sótano, una escena de terror lo recibió.

En su júbilo de la noche anterior, había bailado por la bodega, pero no se enteró de que había vaciado las cubetas llenas de sosa. La sosa se filtró hasta el sótano, en donde tenía almacenado el bacalao para el banquete. No tuvo que bajar para darse cuenta de que todo estaba perdido, el olor era insoportable y la sosa había bañado por completo todo el bacalao. Esto era una tragedia, ¡era su ruina!

Thor se sentó a llorar, lloró por horas y empezó a gritar.

- Y ahora, ¿quién podrá ayudarme?
- ¡Yo! - se escuchó una voz. ¡El Chapulín Colorado!

Bueno no. Pero alguien dentro de su cabeza, que parecía el chapulín colorado, le aconsejó lavar el bacalao y servirlo así. Primero muerto que no cumplir con el banquete. Así pasaron otros tres días, en los que Thor lavaba el bacalao por la mañana, y poco a poco veía que el olor a sosa desaparecía. El único problema, es que el pescado quedó pálido, tal esqueleto. La textura era muy suave, como gelatina, lo que le dio una gran idea a Thor, lo serviría como platillo especialmente diseñado para el banquete, lo acompañaría de otros sabores escandalosos y fuertes. Sí, era un gran plan.

Fin

La preparación
Mucha agua, muchos días. Se remoja, se vuelve a remojar, se le cambia el agua, al principio con sosa y luego normal para quitarle lo corrosivo. En caso de que el morbo los lleve a querer saber el proceso completo, Wikipedia da una explicación excelente.

Se sirve con:
Jarabe dulce, salsa blanca y dulce, tocino frito, papas hervidas y demás guarniciones. Es en serio, un explosión de sabor. En la foto les muestro mi plato, con las guarniciones en bandeja de plata.

A sabiendas de todo lo anterior, ¿cómo es que lo probé si yo había jurado que nunca lo probarían mis labios?
Pues verán, lo probé en una cena navideña.

Tengo poco tiempo trabajando, y aún no tengo contrato permanente, tuvieron los jefes el bello detalle de invitarme, y digo detalle, porque normalmente estas cenas están reservadas sólo para empleados permanentes. Obvio, no podía ni negarme, ni ponerme a hacer caras en la cena juntos a todos mis compañeros. Así es que me armé de valor, acepté y lo probé sin hacer muecas o caras.

¿Me gustó?
¡Sí!

¿En serio?
En serio, es una explosión de sabor. Sabe bien, y sin duda es algo que no había experimentado nunca. Pero a unos días de haberlo probado, no me he muerto, no he vomitado y hasta recuerdo la cena con gusto porque en serio que la disfruté.

Jamás pensé decirlo, pero se los recomiendo. No es para todos los paladares, pero vivir en Noruega y no probar el lutefisk sería algo muy extraño en verdad.

19 de diciembre de 2010

Limpieza pre-navideña


Ya van dos comentarios que recibo, en los que me hacen saber que no se pueden dejar comentarios en mi blog. Razón por la cual, hoy me tomé un rato para darle una manita de gato general. El pobre blog, ha estado muy descuidado en asuntos técnicos. Es cierto que he estado ocupada, pero ya hacía falta limpiar la plantilla de aplicaciones inútiles pero vistosas, que sólo hacen la visita mas lenta.

Lamentablemente, no pude reproducir el error con los comentarios. Intenté con Chrome, Opera, Internet Explorer y Firefox, y ninguno de estos me mostró error alguno. Lo mejor que puedo hacer es quitar los votos, no son realmente útiles y puede que sea lo que provoque errores en exploradores viejitos.

Otra noticia, es que habilité la opción nueva para mostrar las versiones para móviles. Me parece una idea genial que blogger ofrezca esta opción a sus usuarios. En caso de que haya alguien como yo, que disfruta de leer blogs iPod en mano al ir al baño o mientras espera a alguien. En fin, en un momento más comenzaré a escribir el post referente a mi experiencia con el tan famoso Lutefisk.

De cualquier forma, ya saben que este espacio es altamente democrático, así es que si tienen dudas, comentarios, mentadas de madre o incluso propuestas de negocios en Nigeria, pueden dejarme sus amables comentarios aquí mismo, o por medio de mi correo-e, que puede ser encontrado en mi perfil.

16 de diciembre de 2010

Slaps, la pista de hielo

De chica me encantaba ver los juegos olímpicos de invierno. Y curiosamente, los juegos olímpicos de invierno a los que más puse atención, fueron los de Lillehammer 1994. Me fascinaba ver el patinaje artístico, y me imaginaba deslizándome con alta facilidad en el hielo, llena de gracia y con toda naturalidad. En aquellos años de niña, recuerdo que había una pista de hielo en lo que era el hotel Hyatt de Guadalajara, así como un buffet con pasteles a donde en más de una ocasión fui a comer cuando pastel pude. Pero, a pesar de que me moría por intentarlo, nunca tuve la oportunidad de patinar.

Mi madre, en pleno uso de sus facultades preocupativas, decía que el cuchillo de los patines era muy peligroso, que hay quien ha perdido dedos porque al caer alguien les pasa por encima. Decía que si caías de cabeza, el hielo te descalabraría por lo duro, y que si de milagro sobrevivías eso, aún quedaba el terror de las bacterias en los patines, muchas de las cuales sobrevivían hasta el más efectivo desinfectante. Mi mamá era experta en imaginarse tragedias y en imaginarse la forma en la que el universo conspiraría para que todas me pasaran precisamente a mi.

Pasaron los años, y ahora vivo a relativa corta distancia de Lillehammer (son siete horas en carretera hacia el sur). Sigo sin haberme puesto patines de hielo, y sin deslizarme como cisne por una pista de hielo. Esto considerando que los cisnes se deslicen con gracia sobre el hielo. Pero bueno, eso de que no he estado en una pista de hielo, puede que no sea tan cierto.

¿Se le puede llamar pista a la calle común?

La semana pasada cayeron toneladas de nieve, no sé lo que sea normal en otros países, pero aquí cayó casi medio metro. La temperatura estaba alrededor de los -10 °C, y aunque frío, la nieve hace que el paisaje se vea mucho más claro y lleno de vida. Ayer, sin embargo, la temperatura subió. Subió tanto que la nieve en los coches se derritió y parecía que los coches tenían gotas de lluvia. Pero, hoy la temperatura bajó otra vez.

Para todos aquellos que viven en el polo norte, ya saben lo que esto significa: La nieve del suelo se convirtió en agua el día que “hizo calor”, y cuando bajó la temperatura se volvió a congelar, formando en lugar de nieve: hielo. Días como hoy, no quiero ni salir de mi casa, y mucho menos caminando. Las calles que están de bajada, son aterradoras. Aquí es cuando los que no somos nativos de la región, brillamos porque no llevamos años de experiencia y tenemos que usar clavos en los zapatos para no matarnos.

¿Conducir un auto? Ya estoy aprendiendo, pero básicamente se trata de calcular tres metros más para lograr un alto total. Frenar de repente, sólo provoca que el coche se deslice con más rapidez, y se pierda el control de mismo. Atravesársele de repente a un vehículo pesado, es el equivalente a un suicidio.

Curiosamente, cuando veía los paisajes nevados jamás se me ocurrió pensar en el hielo.

4 de diciembre de 2010

Navidad


Ya viene la navidad, la gente corre por comprar regalos navideños, las casas cambian de decoración y dan paso al olor a pino, es época de dar amor y de dar paz. No, no estoy poseída por John Lennon. La temporada navideña me encanta. Pasando navidad, las tiendas se ponen de super oferta. Mis demonios internos, esos que me obligan a comprar de forma compulsiva, dan rienda suelta a todos sus bajos instintos.

En lo que llega enero, tengo que entretenerme y distraer el cuerpo y el espíritu. Me he descuidado antes, y termino gastándome todo el presupuesto antes de que lleguen mis deseadas baratas. No es tarea fácil, porque tengo que comprar regalos navideños, y a la vez, no comprarme casi nada, nótese el "casi". Entonces, ¿qué hacer? Alimentar el espíritu. Y no hay mejor forma de alimentar el alma, que comenzar con el cuerpo.

La comida navideña, es tema para amplios recetarios alrededor del mundo, muchos artículos en diarios y revistas. Aquí en Noruega, es la mejor comida que tienen, las cervezas navideñas son de excelente calidad y en general es la época en que se permiten realmente disfrutar la comida.

El jueves de esta semana, de plano ya no pude más, y empecé a babear en plena luz de día por unas salchichas navideñas. Ni tarda ni perezosa, fui y compré las salchichas, las metí al horno, compré juleribbe y me consentí con esta cena. Todavía se me hace agua la boca al acordarme de lo delicioso que estuvo todo.

Normalmente, se acompaña con papas y zanahorias hervidas, las cuales no consideré que hicieran falta. En su lugar, comimos con mostaza dulce.

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