Alfred Hitchcock presenta: Los pájaros

Sucedió hace como dos horas.


Mientras disfrutaba de la vista del muelle, escuché los gritos de un niño que venía haciendo un escándalo porque quería helado. Pasó frente a mi, y el volumen era tal, que por un momento me aturdió. Pero la cosa estaba a punto de ponerse más ruidosa. Porque el escuincle, en pleno uso de su berrinche, decidió que sería muy buena idea arrojar una piedra a una gaviota que también disfrutaba la vista y su único crimen había sido estar cerca del mocoso en cuestión.

Cualquiera que haya vivido en cuidad con gaviotas, se imagina lo que pasó después. Si no, pues les cuento: Acto seguido y en cuestión de segundos, muchas gaviotas se fueron encima del niño a picotearlo. Entre los graznidos de las gaviotas y los gritos del niño, se hizo un escándalo que paralizó el café en su totalidad. Al final, el niño tomó la primer decisión sensata de su vida, y corrió. A lo lejos se escuchaba aún el escándalo. El niño llorando a gritos y las gaviotas en plena persecución. A mi me empezó a doler el estómago de la risa.

Pero el mejor momento aún estaba por llegar. Alrededor de unos diez minutos después, el niño caminaba de regreso, ya callado y sin llorar, pero con ojos rojos e hinchados y... cubierto en caca de gaviota, con el pelo todo tieso y blanco.

Son esos pequeños momentos cómicos en la vida, que hacen que valga la pena vivirla.

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