18 de noviembre de 2014

El secuestro


Era eso de las 11 de la mañana. Una hora en la que uno no sospecharía que pase alguna cosa así. Tenía una lectura a las 12pm, y tenía planes de llegar antes para discutir algunas notas con el profesor. Me apresuré hacia la parada para tomar el bus que me llevaría al metro más cercano. El metro me queda a varias cuadras que prefiero ahorrarme al tomar el primer bus que pase, ya que todas las rutas van derecho y me dejan justo a la entrada.

Me subí al bus, una tal ruta 300 y algo. Lo primero que llamó mi atención fue que me pidieron que pasara mi tarjeta para control al abordar, por lo general no lo piden. Raro. Había un asiento disponible justo al lado de la puerta trasera, decidí no quedarme parada como siempre hago aunque fueran solo algunas cuadras.

El bus se detuvo como siempre justo afuera del metro. Presioné el botón de la parada y la puerta no se abrió. Otros pasajeros abordaron el bus, la puerta trasera permanecía cerrada. Con algo de pánico, presioné varias veces el botón para abrir la puerta. Nada. Caminé hacia el conductor, quien resultó ser una señora con canas y cara amigable, que me mandó amablemente al caño. “Nei!”, me dijo cuando le pedí que me dejara salir.

El bus arrancó. Yo miré a los demás pasajeros y cada quien estaba en lo suyo. ¡Me estaban secuestrando! Consideré mis opciones. Podría ponerme a gritar, utilizar mi teléfono para llamar al 112 de emergencias y explicar mi situación de rehén. Esos instintos que lo protegen a uno de hacer ridículos en público comenzaron a aconsejarme. No seas tarada, finge que no pasa nada y a la primera oportunidad que abran la puerta, sales corriendo despavorida. Mantén la calma. El bus avanzó y avanzó. Me llevó por lugares que jamás había visto. Aunque siendo sinceros, no conozco nada de Oslo, así es que llevarme a un lugar que no conozco es la cosa más fácil del mundo.

Después de un buen rato, el autobus por fin se detuvo. Tres personas se prepararon para salir y como chicle me les pegué para poder salir yo también. Cuando por fin vi el bus por fuera, vi que tenía un letrero que decía: No hay paradas antes de Shaddouwgehagennn. ¡Ah! Parece que descubrí por las malas que hay rutas directas y sin paradas dentro de la misma ciudad. Me sentí como la primera vez en Guadalajara tomé el 110 A y fui a dar a Rancho Nuevo, en lugar del 110 sin letra, que me dejaba en La Normal. Al final descubrí que andaba muy lejos, y para regresarme fue otra aventura parecida. Desde ese día, siempre pongo atención a que el bus no tenga letreros raros. Pffff.

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