23 de noviembre de 2013

El crimen



Hoy salió a la luz un crimen que cometí con toda premeditación, alevosía y ventaja, hace un poquito más de cuatro años. Aunque ya se sabía que yo había tenido algo que ver con su desaparición, apenas el día de hoy lograron que yo misma confesara mi plan maquiavélico.

Sherlock decía que quien comete un crimen brillante, no puede dejar de compartirlo por su necesidad de ser admirado. Creo que en mi caso tenía razón porque ahora que ya se supo todo, y que puedo hablar de ello abiertamente y con las cartas sobre la mesa, ¿por qué no? también les comparto los hechos en mi blog.

Todo comenzó cuando decidí mudarme a Noruega. A pesar de que nunca antes había notado su presencia, un día ahí estaban, y el pánico me atacó cuando ya era definitiva mi estancia en éste país. Me di cuenta de que tenía que hacer algo, y no había otra más que deshacerme de ellos. Malditos que tanto odio.

Resulta para un cumpleaños, o cosa parecida en la que hay que intercambiar regalos, alguien tuvo la brillante idea de regalarle unos Crocs a Rodrigo. Así es que cuando llegué y los vi muy "monos" en sus pies, casi me da el infarto. No hice escándalo, ni abrí la boca, ni se la hice de tos a Rodrigo. Más bien, fue ahí mismo cuando comencé a trazar mi plan, que tenía que ser infalible para que no volvieran. El éxito rotundo ni yo lo anticipé. La meta era que esos malditos Crocs no duraran ni una semana.

Ya les he contado que mi bolsa es como un agujero negro, es grande y espaciosa y le cabe todo lo imaginable: hasta unos Crocs. Los puse en mi bolsa justo antes de partir hacia la próxima visita que hicimos a casa de mis suegros. Una vez ahí, se llegó la hora de la comida, cuando todos se reúnen a la mesa. Esa era mi oportunidad perfecta.

Fingí un pequeño ataque de tos, y tuve que ir al baño. En lugar de ir al baño, me escabullí hasta el segundo piso, en donde está el cuarto de mis suegros. Sin que nadie se diera cuenta, puse los ofensivos Crocs junto con todos los zapatos de mi suegro. Después corrí de nuevo a la cena, mientras yo por dentro sentía la satisfacción mas absoluta y maquiavélica.

Nadie se dio cuenta durante semanas. Un día me comentó brevemente Rodrigo que no encontraba sus Crocs, a lo que simplemente me encogí de hombros. Pasaron meses, los Crocs ofensivos se ajustaron perfecto al pie de mi suegro, cosa que noté en mis visitas consecuentes. Un día mi suegra, comentó algo de que tal vez el hermano mayor había olvidado sus Crocs y ahora habían sido adoptados por el suegro, y poco a poco cesaron las menciones... hasta anoche, que se lo confesé a Rodrigo. Le dio mucha risa, no se enojó, lo único que dijo fue: que bueno que no los tiraste, al menos le sirven a alguien.

Fin con muchos corazones y arcoiris de colores.

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